ABC - 7 Agosto -- La falta de algunas hormonas en la placenta podría ser clave para que, de adultos, algunos tengamos problemas de ansiedad o seamos mas vulnerables a problemas relacionados con nuestra salud mental. Así lo asegura una investigación realizada en ratones, y publicada en Nature Communications,
que revela el papel de la placenta en la programación a largo plazo de
la conducta emocional y en la que, por vez primera, los científicos asocian las alteraciones en la placenta con cambios en la conducta de los adultos.
Los
investigadores saben que el factor de crecimiento-2 like/insulina,
desempeña un papel importante en el desarrollo del feto y de la placenta
en los mamíferos, y que los cambios en la expresión de dicha hormona,
tanto en la placenta como en el feto, están implicados en la restricción
del crecimiento en el útero.
«El desarrollo de un bebé es un proceso muy complejo y hay un montón de mecanismos de control que garantizan que los nutrientes necesarios para que el bebé crezca sean suministrados por la madre», señala el profesor Lawrence Wilkinson, neurocientífico del comportamiento de la Universidad de Cardiff (Reino Unido). Por eso los investigadores estaban interesados en saber si la alteración de dicho equilibrio podría influir en los comportamientos emocionales mucho tiempo después de haber nacido, en la edad adulta.
Hormona modificada
Para analizar cómo un desajuste entre la oferta y la demanda de ciertos nutrientes podría afectar a los seres humanos, Wilkinson y sus colegas de la Universidad de Cardiff, Trevor Humby, Mikael Mikaelsson, en colaboración con Miguel Constancia, de la Universidad de Cambridge, examinaron el comportamiento de los ratones adultos en los que se había administrado una hormona clave pero alterada. «Dañamos una hormona llamada factor de crecimiento 2 insulina-like, importante para el control del crecimiento en el útero. Lo que vimos fue un desequilibrio en el suministro de nutrientes controlados por la placenta, y que dicho desequilibrio tuvo efectos importantes sobre el estado mental, cuando los animales fueron adultos», explica Humby.
Además, los investigadores vieron que estos síntomas se acompañaron de cambios específicos en la expresión de genes cerebrales relacionados con este tipo de comportamiento. «Este es el primer ejemplo de lo que hemos llamado 'placenta de programación' del comportamiento de los adultos -señalan-. No sabemos exactamente cómo estos acontecimientos de la vida embrionaria pueden tener efectos a largo plazo sobre nuestras predisposiciones emocionales, pero sospechamos que nuestros hallazgos pueden indicar que 'las semillas' que modulan nuestro comportamiento, y, posiblemente, la vulnerabilidad a trastornos cerebrales y mentales, se siembran mucho antes de lo que se pensaba».
Aunque los estudios se han llevado a cabo en ratones, los investigadores consideran que estos resultados pueden tener implicaciones más amplias en el desarrollo humano. Por ello, están diseñando otros estudios para investigar los mecanismos cerebrales que vinculan acontecimientos de la vida temprana con la disfunción placentaria y el estado emocional de los adultos.
«El desarrollo de un bebé es un proceso muy complejo y hay un montón de mecanismos de control que garantizan que los nutrientes necesarios para que el bebé crezca sean suministrados por la madre», señala el profesor Lawrence Wilkinson, neurocientífico del comportamiento de la Universidad de Cardiff (Reino Unido). Por eso los investigadores estaban interesados en saber si la alteración de dicho equilibrio podría influir en los comportamientos emocionales mucho tiempo después de haber nacido, en la edad adulta.
Hormona modificada
Para analizar cómo un desajuste entre la oferta y la demanda de ciertos nutrientes podría afectar a los seres humanos, Wilkinson y sus colegas de la Universidad de Cardiff, Trevor Humby, Mikael Mikaelsson, en colaboración con Miguel Constancia, de la Universidad de Cambridge, examinaron el comportamiento de los ratones adultos en los que se había administrado una hormona clave pero alterada. «Dañamos una hormona llamada factor de crecimiento 2 insulina-like, importante para el control del crecimiento en el útero. Lo que vimos fue un desequilibrio en el suministro de nutrientes controlados por la placenta, y que dicho desequilibrio tuvo efectos importantes sobre el estado mental, cuando los animales fueron adultos», explica Humby.
Además, los investigadores vieron que estos síntomas se acompañaron de cambios específicos en la expresión de genes cerebrales relacionados con este tipo de comportamiento. «Este es el primer ejemplo de lo que hemos llamado 'placenta de programación' del comportamiento de los adultos -señalan-. No sabemos exactamente cómo estos acontecimientos de la vida embrionaria pueden tener efectos a largo plazo sobre nuestras predisposiciones emocionales, pero sospechamos que nuestros hallazgos pueden indicar que 'las semillas' que modulan nuestro comportamiento, y, posiblemente, la vulnerabilidad a trastornos cerebrales y mentales, se siembran mucho antes de lo que se pensaba».
Aunque los estudios se han llevado a cabo en ratones, los investigadores consideran que estos resultados pueden tener implicaciones más amplias en el desarrollo humano. Por ello, están diseñando otros estudios para investigar los mecanismos cerebrales que vinculan acontecimientos de la vida temprana con la disfunción placentaria y el estado emocional de los adultos.
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