ELPAIS - 7 Agosto -- La llamada hamburguesa de laboratorio, creada a partir de células
madre de vacuno, es un gran paso para el hombre y para las vacas. Lo del
gran paso se entiende porque gracias a los esfuerzos de Mark Post y un
equipo de científicos holandeses se podrá —en el futuro— fabricar carne y
hacer frente de esta forma a la escasez mundial de alimentos; con un
impacto medioambiental muy bajo, además. La producción de carne en el
laboratorio es una de las pocas respuestas factibles para alimentar a
una población que crece en progresión geométrica, como nos advirtió
Malthus.
Pero estamos en la primera fase, la de la investigación culminada con
éxito. Por el momento, hay un problema de caja para los consumidores
potenciales. La primera hamburguesa a partir de células madre ha costado
cinco años de investigación y 248.000 euros. Un poco lento para un
burger y un poco caro para los devoradores de fast food. Debemos esperar
además que con células madre se puedan fabricar también chuletones,
solomillos, entrecots, osobucos y rabo de toro: no todo va a ser comida
rápida envuelta en papel y servida entre cartones.
También hay un problema serio con el sabor. Los críticos
gastronómicos que probaron la hamburguesa sintética —cocinada por un
chef de relumbrón, Richard McCowan— transmitieron impresiones animosas,
pero caóticas: “Está cerca de la carne, aunque no es tan jugosa”, “echo
de menos sal y pimienta” o “el bocado tiene el tacto de una hamburguesa;
lo que resulta distinto es el sabor”. No aportan demasiada información;
dicen lo mismo (falta el “parece corcho”) que los encuestados a la
salida de cualquier franquicia actual de hamburguesas. La solución
consiste en que ademas de células madre de vaca utilicen células madre
de madre o de Arguiñano para que den algo de sabor a la carne cultivada.
Falta por entender un aspecto crucial de esta revolución cárnica. El
animal no sufre, no hay hecatombes vacunas ni el consumidor tiene que
sentirse culpable por la sangre derramada de las bestias. Será, más o
menos, como devorar vegetales o legumbres. Para los carnívoros
conscientes, una decepción; para los veganos, un aliciente. ¿Que
hubieran dicho Pedro Picapiedra y Obélix?
Fuente: Elpais.com
Imagen: esmas.com
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